lunes, 22 de febrero de 2010

Jorge Arrate: "No habrá victoria sobre la derecha sin una izquierda diversa, imaginativa y creadora"


Carta de Jorge Arrate a los adherentes, votantes y simpatizantes de su candidatura presidencial

Compañeras y compañeros, amigas y amigos:

El triunfo de la derecha en la elección presidencial es un retroceso de las perspectivas democratizadoras que hemos impulsado. No obstante, en nuestro caso, los resultados de la primera vuelta fueron un avance.

Por primera vez en 37 años habrá en la Cámara tres diputados comunistas ---tres diputados de la izquierda--- electos con altas votaciones. Aunque desde luego aspirábamos a una mayor adhesión electoral, en la elección presidencial alcanzamos el más alto porcentaje obtenido por una candidatura de izquierda desde 1970. Lo conseguimos a pesar de ostensibles desventajas: para elegir parlamentarios en el sistema binominal debimos concentrar nuestra fuerza, no postular candidatos a senadores e inscribir sólo 12 candidatos a diputados de las propias filas. Nuestros adversarios nos superaron en gasto total declarado por 9, 15 y 31 veces. Tuvimos que prevalecer sobre varias tentativas de horadar nuestros apoyos y liquidar nuestra opción. Los espacios que la prensa escrita, radial y televisiva entregó a las demás candidaturas fueron, según todas las mediciones, muy superiores a los asignados a la nuestra.

Desde el punto de vista cualitativo, la campaña movilizó a numerosos jóvenes que se aproximaron a nuestras organizaciones para participar o iniciar su vida política. Candidatas y candidatos identificados con nuestras ideas vencieron en la mayoría de las elecciones universitarias realizadas en 2009. Ofrecimos a la ciudadanía, una vez más, el ejemplo de las múltiples acciones y jornadas voluntarias emprendidas por ustedes sin más estímulo que el deseo de luchar por sus ideales. El Juntos Podemos y la estructura nacional de sus organizaciones, el Partido Comunista y la Izquierda Cristiana, el Frente Amplio con sus componentes en desarrollo, e innumerables dirigentes sociales, barriales, sindicales, de la cultura, y muchos independientes, se movilizaron con mística y entusiasmo, dignificaron la política y reafirmaron valores y principios.

Nuestra propaganda fue la más austera y hermosamente artesanal, y nuestra franja televisiva la más original y de más alto nivel cultural. Hicimos visible la idea de una sociedad distinta, de otro modo de convivir, de un país regido por criterios de igualdad y de libertad y no por el imperio del mero cálculo económico. Nuestro mensaje programático fue poderoso y estremeció la pauta de debate impuesta por los medios de comunicación controlados por la derecha. El resultado fue una convergencia de mucha potencialidad entre las concepciones de avanzada social y el inconformismo popular, que va más allá de las opciones de voto, muchas de ellas determinadas por la idea del “voto útil” u otros cálculos similares.

Nuestro discurso político sin dobleces evidenció que no es concebible cambiar Chile sin izquierda o con una izquierda acallada, porque sólo nosotros asumimos explícitamente las aspiraciones populares y nos atrevemos a colocar en discusión los temas que los demás evitan u ocultan. Si no hubiésemos levantado un programa propio y una candidatura, ninguno de los otros presidenciables habría considerado reemplazar la actual Constitución y nadie hubiera propuesto una Asamblea Constituyente para permitir la expresión de la soberanía popular, ni sustentado con ímpetu los derechos históricos de los pueblos originarios, ni la justicia plena en materia de derechos humanos, ni tampoco la recuperación del cobre para Chile y los chilenos. Nadie hubiera subrayado la centralidad de los profesores en la educación, el imperativo de terminar con la municipalización de escuelas y liceos, la necesidad de un trato digno para las universidades públicas y de avanzar hacia un sistema nacional de educación pública gratuito que signifique un ataque frontal a la desigualdades.

Ningún otro programa planteó, sin vacilaciones, la cuestión de género y el reconocimiento de los derechos sexuales y reproductivos de la mujer, ni propuso una concepción en que desarrollo y protección del medio ambiente fueran parte de una misma ineludible ecuación, ni demandó una legislación laboral que proteja efectivamente a los trabajadores. Ninguno como el nuestro se pronunció de manera terminante contra todas las formas de discriminación, entre ellas la fundada en la libre opción sexual de las personas.

Siempre llamamos las cosas por su nombre. Sabemos que la renuncia a las identidades comienza por el lenguaje: olvidar el nombre de las cosas, rebautizarlas según hacia dónde sopla el viento, llamar “gobierno militar” a la dictadura, “pronunciamiento” al golpe de estado, “democracia” a la democracia incompleta, “excesos” a las violaciones de los derechos humanos, “equidad” a la justicia social, “imperio de la ley” a la represión policial desmedida, “flexibilidad laboral” al despido arbitrario, “libre mercado” a la concentración oligopólica, “interés máximo convencional” a la usura legalizada, “progresismo” a una visión impregnada de escepticismo sobre las posibilidades de luchar por cambios más profundos.

Son bien evidentes las insuficiencias de la tarea que juntos realizamos. Entre ellas, subrayo dos: primero, no estuvieron en nuestra campaña todos los que comparten o se aproximan a la visión de sociedad que propiciamos. Debemos ser persistentes para abrir espacios y tender puentes que nos acerquen a todos los socialistas fieles al legado allendista, a ex militantes antidictatoriales hoy dispersos o pasivos, a compañeras y compañeros que desconfían de la lógica partidista, de la participación electoral o de los entendimientos con fuerzas de centro, pero que tienen con nosotros amplias coincidencias programáticas. Segundo, no conseguimos movilizar a más de un 40% de ciudadanos excluidos o autoexcluidos de formular su opinión a través del voto, en particular jóvenes que no han querido hasta ahora tomar partido en las contiendas electorales. Con muchos de ellos compartimos el rechazo al modelo político y económico vigente y un horizonte de más libertad e igualdad.

Un mes antes de la elección formulamos una invitación a Frei y Enríquez, de cara al país, durante el último debate televisivo: la idea era impedir que ganara la derecha y hacer pública una común disposición a apoyar en el balotaje a aquel de los tres que obtuviera un voto más, sin otra condición que la reciprocidad y algunos acuerdos básicos. Nos parecía crucial, en ese momento, hacer sentir a los electores que Piñera no podría superar la barrera de una voluntad común de las tres postulaciones que no eran de derecha. Sin embargo, Frei y Enríquez evadieron una respuesta oportuna o expresaron objeciones.

Durante la campaña, Enríquez generó “un espacio de ambigüedad favorable a Sebastián Piñera”, como expresé en presencia de ambos aludidos, ambigüedad que los medios de comunicación de derecha se encargaron de alimentar y sostener sin pudor alguno. Frei, mal asesorado, enfrentó con manifiesta debilidad la ofensiva de Enríquez, sin poner en evidencia los equívocos del discurso de su contendor ni hacerse cargo frontalmente de sus imputaciones. El interés de muchos concertacionistas por capturar a cualquier precio los votos de Enríquez para asegurar su sillón parlamentario y un mal cálculo sobre la segunda vuelta, inhibieron una adecuada respuesta de Frei y de sus candidatos a los ásperos ataques de que fue objeto. Así, la ya erosionada identidad de la Concertación se diluyó aún más, víctima de la descalificación sin respuesta dirigida contra su líder.

En la segunda vuelta, la definición mayoritaria de las fuerzas que apoyaron nuestra candidatura fue aceptar la propuesta de 12 puntos a la que se comprometió unilateralmente y por escrito el comando de Frei y votar por él. Esos 12 puntos debieran, si los concertacionistas fueran coherentes, constituir una base mínima para la actuación de sus parlamentarios y los de izquierda en el próximo período. Algunos de los nuestros estimaron insuficiente la propuesta de 12 puntos, pero aún así no se hicieron parte de la convocatoria a votar nulo que otros sectores formularon.

Compañeras y compañeros:

El gobierno de Piñera representa el punto más alto de fusión entre dinero y política. Hoy la derecha suma al poder económico, comunicacional y gubernamental, buena parte del Congreso y de los municipios, poderosas universidades, colegios y escuelas, instituciones de salud y seguridad social privadas, o sea una concentración de facultades desconocida en Chile, salvo durante los diecisiete años de dictadura pinochetista.

Es una imperiosa necesidad de la justicia social abocar nuestra energía a reconfigurar un actor poderoso e influyente, capaz de comprometer a la ciudadanía en las luchas populares, a incidir en los movimientos sociales, en las políticas públicas, en el Congreso, en el indispensable debate político-cultural. Si no lo logramos, todo cambio profundo que contravenga las bases del actual modelo será postergado o terminará en una simple corrección destinada a sostenerlo. La opinión pública es ahora convocada a nuevos juegos retóricos como la llamada “oposición constructiva” y el denominado “gobierno de unidad nacional”. La verdad es otra: el modelo será profundizado por los nuevos gobernantes para reafirmar el lucro como el motor de todos los ámbitos de la existencia, disminuir el sentido y significado de lo público, lo colectivo, lo comunitario, e intensificar el uso de los instrumentos represivos del Estado y de los mecanismos de disciplinamiento social.

Entre estos últimos destacan la precarización del empleo y la desprotección del trabajo y el perverso e interminable circuito del endeudamiento y la transferencia de los colosales intereses a los capitales financieros concentrados. En la práctica, la “oposición constructiva” será el nuevo nombre de la complicidad con el modelo y del acomodo de parte de la Concertación a una circunstancia en que el ejercicio de la política será mucho más abiertamente funcional a la gran economía privada. “Gobierno de unidad nacional” será la manera de llamar un supuesto afán de incluir que sirva de cobertura al viejo e irrenunciable afán de excluir que ha caracterizado históricamente a la derecha.

La cohabitación binominal entre los partidos de la Concertación y la derecha no se romperá mientras la izquierda no se desarrolle más y genere magnetismo y fuerza suficiente. Bajo un gobierno de derecha el terreno de batalla política y social es más desnivelado que frente a un gobierno de centro, como hubiera sido el de Frei. Por eso la construcción de una izquierda plena, heterogénea, crítica, futurista, y con capacidad de aliarse es una tarea más compleja, pero también más imperiosa.

Amigas y amigos:

En la primera vuelta emergieron dos posturas directamente competitivas con la nuestra, ambas de matriz concertacionista. Una, el “progresismo” que, gracias a su singular plasticidad, ha sido incluso reivindicado conceptualmente por Piñera y dirigentes de la UDI. Esta reivindicación de la derecha se agrega a un proceso de desfiguración o vaciamiento que ha sufrido el término “progresismo”, hoy invadido en todo el mundo por concepciones “social liberales”. La Concertación se ha ido acercando cada vez más a este punto de vista. Este hecho obliga muy particularmente al Partido Socialista ---aunque no sólo a él--- a enfrentar un tiempo de definiciones en el que deberá definirse “progresista” o retomar su identidad de izquierda.

El “progresismo liberal”, definición no única pero principal que Enríquez adoptó durante la campaña, se convirtió en el manto de la segunda postura abiertamente competitiva con la nuestra: el “transversalismo”, una variante de los movimientos de amplio espectro en que conviven sectores de pensamiento de avanzada social con segmentos de impronta neoliberal. El “transversalismo”, teorizado y promovido expresamente por Enríquez y sus directivos, constituyó un espacio promiscuo, agresivo con la izquierda, a la que descalificó y atacó duramente, que logró captar, con un discurso atrevido, en constante deslizamiento en una y otra dirección, parte significativa del descontento frente a la binominalización del país y a la actuación de los partidos.

Hábilmente la derecha lo convirtió en un dispositivo para golpear a la Concertación, frenar la emergencia de una izquierda más vigorosa y, en último término, facilitar la elección de Piñera. Para nosotros no era sencillo enfrentar este desafío. Por una parte, por las limitaciones materiales. Por otra, porque la decisión de proponer al país un programa posible pero radicalmente reformador no se conjugaba con la disputa del voto fácil, aquel al que importa más la resonancia que el contenido. De este modo hubo personas de pensamiento de izquierda que quedaron entrampadas por la atracción mediática del “transversalismo”. Pero, especialmente, faltaron puentes entre el mundo orgánico y aquel de ánimo más receloso y distante de los procesos electorales y de los partidos. No tuvimos una plataforma común más desarrollada, más allá de los esfuerzos valiosos realizados por años por el Juntos Podemos, que permitiera consolidar lazos con los segmentos más desintegrados del sistema político.

En todo caso, cualquiera sea la frontera que se establezca entre los “progresistas” y los “transversalistas”, ambas opciones ni sustituyen ni representan a la izquierda actual ni a aquella más amplia que pudiéramos configurar. El progresismo es una opción ciertamente legítima, si bien distinta a la nuestra. Será, en todo caso, una corriente con la cual podríamos eventualmente pactar o coaligarnos, según determinen las circunstancias, pero desde una posición definida y clara.

¿Qué hacer para construir esta izquierda actualizada? Para dar un primer paso es deseable generar acuerdos sobre ideas básicas y modos de impulsarlas y desechar toda pretensión a concordancias totales. Una gran asamblea nacional convocada con amplitud podría debatir esta materia. Habrá entre nosotros, pienso, componentes orgullosos de su larga historia, indispensables por su convicción y su demostrada capacidad de sobrevivir a ataques mortales y continuar proyectándose, y también sectores emergentes, con identidades en recuperación o en desarrollo. Pero, si nos trabamos en una disputa entre quienes postulan ignorar la fuerza de la izquierda clásica donde se ubican socialistas, comunistas y cristianos de avanzada, y quienes no se identifican con esas vertientes históricas, no llegaremos lejos. El pasado, sin duda, no es un modelo de futuro, el futuro es un proceso siempre en construcción. No se puede construir futuro ignorando la propia historia, pero el campo de batalla no es el pasado sino el porvenir. No es esta una banal cuestión de generaciones, es un asunto sobre el modo de construcción de fuerza, que requiere de un curso constante de acumulaciones.

Las opciones organizativas deberán ser múltiples. Es deseable que convivan fructíferamente, desde el partido formal, pasando por el instrumental, las entidades de naturaleza social o cultural, los organismos existentes de hecho, los medios de comunicación de raigambre popular, hasta los individuos que quieran participar como tales. Sin duda la izquierda requiere ser política y social, reforzar las organizaciones existentes e impulsar el surgimiento de otras y respetar sus grados de autonomía derivados de su quehacer específico. Para convivir en la diversidad, la izquierda deberá ser una fuerza, un vector, una liga, un encuentro, un frente, un movimiento, como quiera llamársele, que agrupe a los organizados, ofrezca un cauce a los dispersos y despierte a los dormidos.

En los tiempos que vienen las cuestiones que juntos levantamos el 2009 no perderán vigencia. Que el pueblo soberano se exprese en una Constituyente y elabore una Constitución democrática seguirá siendo un imperativo. Lo será también no sólo evitar la privatización de CODELCO sino desarrollar una ofensiva para crear un movimiento nacional por la recuperación del cobre para los chilenos. La anulación de la ley de amnistía de 1978 deberá ahora contar con nuevos adeptos si los partidos de la Concertación cumplen con los 12 compromisos que asumieron para la segunda vuelta. La idea del salario mínimo ético y nuestra propuesta para establecerlo gradualmente continuará siendo un desafío. En fin, será preciso, en torno a nuestros grandes anhelos, llevar a la práctica el programa, que también recoge los graves problemas que la mayoría de los ciudadanos padece en su vida diaria. Hace falta organizar luchas sectoriales, precisas y focalizadas, que signifiquen nuevos espacios eficaces de participación y movilización social.

Pienso que la izquierda debe concebirse como una nunca terminada síntesis entre lo clásico y lo nuevo, proponerse cultivar las esferas de lo político, lo social y lo cultural con igual energía, agitar sus grandes banderas transformadoras y, al mismo tiempo, ocupar los microespacios de la vida cotidiana. Es decir, ser movimiento, o frente, ser partido y sindicato, ser junta de vecinos y centro cultural, ser militante y ser adherente, ser afiliado a un partido y ser independiente, ser asociación de consumidores, ONG ecológica, centro de estudios o escuela de formación ciudadana.

Amigas, amigos, compañeras, compañeros:

Sinceramente no puedo afirmar con certeza que podamos realizar un proyecto unitario y superador de esa amplitud y pretensión en tiempos relativamente breves. Entiendo que con motivo de la reciente campaña he acumulado temporalmente un patrimonio político que no me pertenece en exclusiva y que corresponde al esfuerzo de todos aquellos que me apoyaron. Por eso siento el deber y, al mismo tiempo, tengo la aspiración de contribuir a que ese proyecto común se desarrolle. Deseo hacerlo desde una condición que, al menos por el tiempo previsible, será la de un ciudadano sin afiliación partidaria. No aspiro a cargos de dirección política ni a candidaturas. Estaré disponible para la tarea indicada, en la medida de mis propias posibilidades y definiciones personales.

Algunos me han dicho en las últimas semanas que debemos prepararnos para derrotar a la derecha dentro de cuatro años. Siempre estaré listo para participar en una tarea con esa convocatoria. Sin embargo, creo que será imposible lograrlo si ese es el objetivo único que nos proponemos porque, si bien atractivo, es insuficiente. Desplazar a la derecha requiere nuevos actores y otro proyecto, no uno parecido al que sustenta la propia derecha. Derrotar a la derecha dentro de cuatro años no puede ser un juego de “alternancia” y de nueva consagración del sistema político imperante. Una Concertación erosionada que se acomode ahora a ser la oposición, más “constructiva” o menos “constructiva”, dentro del viscoso escenario de la cohabitación binominal, carece, como lo señalé hace mucho tiempo, de capacidad política y creadora para construir nuevos tiempos.

Ni la cosmética ni el rejuvenecimiento de rostros podrán sustituir la renovación de padrones partidarios explotados hasta la saciedad por las respectivas cúpulas, la autocrítica a fondo, fundada y verdadera, y una visión de futuro que no siga pagando un costoso diezmo a la autocomplacencia, a los militantes lobistas, a los operadores que negocian todo con todos, a las múltiples redes transversales que tejen un poder que pareciera impermeable a los resultados electorales. Los indispensables cambios que auguro que ocurran, serán un proceso. Llevarán más o menos tiempo según nuestro empeño y vocación unitaria.

Sí, habrá que unir fuerzas para derrotar a la derecha. Pero sólo una izquierda recargada en sus perspectivas e integrantes podrá garantizar que vivamos efectivamente nuevos tiempos y no la repetición de un ciclo con los mismos actores y el mismo paisaje.

No habrá victoria sobre la derecha sin una izquierda orgullosa de sí misma, diversa, imaginativa y creadora, que proponga un futuro más libre e igualitario y ennoblezca la política.

Fraternalmente,

Jorge Arrate Mac Niven

Jorge Arrate saluda al Congreso del Partido de los Trabajadores de Brasil


Compañero
Valter Pomar
Secretario de Relaciones Internacionales
Partido de los Trabajadores
Brasil

Estimados compañeros:

Las fuerzas socialistas, allendistas y de izquierda que hemos confluido en torno al programa y campaña presidencial del Juntos Podemos/Frente Amplio saludamos al congreso del Partido de los Trabajadores de Brasil y reafirmamos nuestro compromiso en profundizar el entendimiento, coordinación y acción conjunta de las fuerzas socialistas y de izquierda de Latinoamerica y el Caribe.

Junto al Partido de los Trabajadores de Brasil y a las fuerzas y movimientos de izquierda agrupadas en torno al Foro de Sao Paulo (FSP), la izquierda chilena, los socialistas allendistas, y el Frente Amplio rafirmamos nuestro compromiso por trabajar por la integración y la liberación de nuestros pueblos.

Reciban nuestro saludo y deseos de éxito en su Congreso partidario y en las próximas elecciones presidenciales.

Fraternalmente,

Jorge Arrate, ex candidato presidencial
Esteban Silva, Coordinador de los Socialistas Allendistas

jueves, 28 de enero de 2010

La Cohabitación Binominal y el Triunfo de la Derecha

Esteban Silva Cuadra

Se ha cerrado un ciclo con el triunfo electoral de la derecha encabezada por Sebastián Piñera luego de 52 años.

Para obtener la victoria, la derecha tuvo que disfrazarse, presentarse sin programa, mostrarse continuadora en lo esencial de los gobiernos concertacionistas. Pero la verdad es que no tuvo que hacer un gran esfuerzo ya que la gran derrota sufrida por la Concertación es sistémica y profundamente cultural.

Lo señaló acertadamente en 1997, Tomás Moulian en su libro Chile: Anatomía de un Mito: la Concertación abandonó desde sus inicios su programa de democratización y recuperación de la soberanía económica, legitimando y garantizando la reproductibilidad del modelo neoliberal impuesto por el pinochetismo.

El método de la operación transformista fue conceptualizado como "la democracia de los acuerdos" y sus principales impulsores fueron, entre otros, Enrique Correa, Edgardo Boeninguer, Alejandro Foxley y José Joaquín Brunner.

En el gobierno de Eduardo Frei el método adquirió un nuevo impulso al instalarse el horizonte de “la modernidad” como un propósito transversal. Es decir, un modelo de desarrollo basado en la privatización de la economía, la enajenación de nuestros recursos naturales, el privilegio a la inversión extranjera y la apertura externa en desmedro de la industria nacional.

Carlos Altamirano, ex Secretario General del Partido Socialista en tiempos de Allende, sostuvo con razón que el gobierno del Presidente Ricardo Lagos fue el mejor gobierno de centro derecha en la historia Republicana de Chile. Al terminar su periodo Lagos fue entusiastamente vitoreado por los grandes grupos empresariales y financieros. Una recauchada Constitución pinochetista lleva estampada su firma, aquella reforma autocalificada de “progresista”, terminó de legitimar el Estado subsidiario y la primacía de la propiedad privada y el capital.

En el seno de los gobiernos concertacionistas y en sus partidos, irrumpieron con influencia transversal representantes y lobistas de poderosos grupos económicos y financieros nacionales y transnacionales. Para perpetrar sus objetivos, exhibieron credenciales de izquierda o respetables trayectorias anti dictatoriales y continuaron militando, integrando centros de pensamiento o asesorando a ministros y parlamentarios para asegurar la reproducción del interés privado en la gestión del Estado.

Durante los 20 años de Concertación el Partido Socialista de Allende abandonó su alianza histórica con el Partido Comunista y otras fuerzas de izquierda, reemplazándola por una alianza con la Democracia Cristiana bajo una hegemonía de centro derecha tecnocrática construida sobre una singular transversalidad.

La exclusión política del PC y de sectores anti sistémicos sociales y de izquierda, fue materializada electoralmente por el sistema binominal y reproducida como sentido común mayoritario gracias a un férreo control conservador de los principales medios de comunicación.

Toda crítica o propuesta que apuntara a la transformación estructural del sistema imperante era invisibilizada o descalificada como una actitud política testimonial, marginal o irresponsable.

La crisis de representación generada por el binominal y 20 años de una democracia de baja intensidad oligarquizada, fue mutando el propio ADN histórico del PS, transformándose en un partido oficialista, superestructural y parlamentario, constituido mayoritariamente por funcionarios de gobierno. Su estética e historia poco o nada tiene hoy que ver con su orientación social liberal, administrada durante largos años por un reducido y autoritario grupo de ex izquierdistas de pasado ortodoxo aliados con liberales de pasado social demócrata.

El PS fue desangrándose políticamente por la izquierda y socialmente desde el mundo popular debido al alejamiento de miles de adherentes, militantes y dirigentes.

La expresión más cualitativa de su crisis culminó con el retiro de Jorge Arrate del PS, el que fuera su Presidente luego del proceso de reunificación socialista. Con mucha antelación Arrate había propuesto la necesidad de superar la Concertación y unir fuerzas en un nuevo Pacto democrático y popular para transformar el modelo de desarrollo neoliberal dominante de la post dictadura. En ese contexto, se sitúa su propuesta de una Asamblea Constituyente para una nueva constitución.

El PS oficialista con su candidato democratacristiano Eduardo Frei, profundizó su crisis de identidad y de ruta al ser debilitado desde la izquierda por Arrate y los socialistas allendistas y desde su propia lógica liberal concertacionista por Marco Enríquez Ominami. Arrate re domicilió políticamente al socialismo en la izquierda y Enríquez Ominami, autodefinido como “liberal progresista” capturó transversalmente parte del descontento concertacionista.

Como candidato presidencial Arrate, encabezó junto a los socialistas allendistas y otros sectores de izquierda una alianza con el Partido Comunista y la Izquierda Cristiana, reinstalando nacionalmente un programa de futuro para la izquierda organizada en el Juntos Podemos y Frente Amplio.

A pesar de haber establecido por mutua necesidad un pacto instrumental electoral con la izquierda agrupada en el Juntos Podemos y el Frente Amplio, para perforar el sistema binominal, la Concertación sufrió una severa derrota electoral en primera vuelta.

Incapaz de leer las señales del electorado y sus tendencias de fondo intentó esconder a los principales responsables de su derrota presentando ante la segunda vuelta como renovación de sus liderazgos políticos hijos e hijas de ex presidentes y ministros y dirigentes destacados de esos partidos. Es decir, fue incapaz de romper el círculo oligárquico y de auto reproducción elitista que llevó a la coalición a su máximo deterioro, producto de una asimilación tecnocrática y elitista en su práctica política y gestión de gobierno. La moraleja es que no basta parecerse sino que hay que serlo.

En coherencia con una cohabitación binominal, luego de señalar que con su integración a la OCDE Chile ingresa en las ligas mayores, la Presidenta Michelle Bachelet, tendrá que entregar la banda presidencial a Sebastián Piñera. Sin embargo, su alta popularidad no pudo ser transferida al candidato presidencial de su coalición ni tampoco a su propio partido en crisis de identidad. En el Chile actual de pensamiento único y de hegemonía conservadora, una merecida popularidad mediática y transversal no puede ser confundida con un liderazgo transformador.

Los social demócratas y social liberales acostumbran a formular propuestas y tener discursos "izquierdistas" cuando se encuentran en la oposición, pero cuando forman parte del ejecutivo, gobiernan asumiendo y administrando el programa económico de la derecha. Tal como ocurrió con la mayor parte de los dirigentes que por 20 años han dominado y administrado la política del PS y el PPD en los gobiernos de la Concertación.

Hay que reconstruir puentes para una oposición antiderecha amplia y unitaria, pero resulta indispensable también que en el seno de una oposición actuando unida se reconfigure y constituya una izquierda fuerte para fortalecer en lo social, político y cultural una oposición anti sistémica y anti modelo. Lo anterior, incluye modificar estructuralmente el rumbo de lo que la actual dirigencia PS y sectores autodenominados progresistas califican como la "obra maciza de los gobiernos de la Concertación". De lo contrario más allá de la retórica que se formule desde una nueva y heterogénea oposición seguiremos con la cohabitación binominal, que ha reproducido durante los últimos 20 años el actual modelo de desarrollo y su institucionalidad.

Los socialistas allendistas seguiremos adelante junto a Jorge Arrate uniendo fuerzas en torno a la necesidad de una Asamblea Constituyente para una nueva Constitución y confluyendo en torno a las propuestas contenidas en el programa de su candidatura para construir una izquierda allendista amplia para el siglo XXI. A través de un Frente Amplio de izquierda capaz de contribuir a la unidad de la izquierda con una nueva confluencia social y política anticapitalista basada en el protagonismo popular y la democracia participativa.

Esteban Silva Cuadra
Coordinador de los Socialistas Allendistas.
Ex Director Ejecutivo de la Campaña presidencial de Jorge Arrate.

viernes, 22 de enero de 2010

Jorge Arrate: "a reconfigurar una izquierda completa, heterogénea, social y política"


Compañeros Socialistas Allendistas

En conocimiento del pleno nacional que realizarán esta semana deseo hacerles llegar mi afecto y deseos de éxito.

La política chilena vive sus días más oscuros de los últimos veinte años. La Concertación enfrenta diariamente la erosión que hace ya tanto tiempo denunciáramos, sin otro recurso que la autoalabanza que ejerció por tanto tiempo. Sus partidos muestran el rostro desencajado por la pérdida del gobierno y la falta de transparencia de su quehacer interno. El gobierno finaliza su tiempo dolorosamente. La Presidenta obtiene una alta y merecida consideración pública en la encuestas, no obstante que durante su período la derecha se apropió, primero, de las mayorías y las presidencias de la Cámara y el Senado, y que ahora ha logrado completar su poder al ganar el gobierno. El nuevo gobierno apenas a horas de su triunfo da lugar a la impúdica exhibición de la relación entre política y dinero. La invasión a rostro abierto de la democracia por el mercado alcanza su máxima expresión.

El camino que se avizora es largo y complejo y ningún apresuramiento producirá atajos fructíferos. Reconfigurar una izquierda completa, heterogénea, social y política, que acumule la fuerza de generaciones, esperanzas y puntos de mirada diversos, es una de nuestras tareas. Los socialistas allendistas no sólo han dado un ejemplo de coherencia, desinterés y activismo, sino que son componente indispensable de un nuevo arco de fuerzas de izquierda que efectivamente trasmita a la ciudadanía los horizontes que se abren a futuro.

Deseo aprovechar esta ocasión para expresarles mi reconocimiento por la tarea realizada durante la reciente campaña presidencial, a todos y cada uno de ustedes. En particular quiero públicamente destacar la noble y dedicada tarea realizada por el socialista allendista Esteban Silva Cuadra, quien ejerció como Director Ejecutivo de mi campaña. Su aporte y el de todos ustedes fue un elemento dinamizador significativo y un permanente estímulo que agradezco sinceramente.

Para Uds. todo mi afecto y esperanzas en nuestra lucha compartida.

Jorge Arrate
Las Cruces, 22 de Enero de 2010

miércoles, 20 de enero de 2010

Vamos a seguir unidos, construyendo el proyecto de izquierda

Domingo, 17 de Enero de 2010 Santiago 17 enero 2010.- A las 19.35 horas el presidente del Partido Comunista de Chile, diputado Guillermo Teillier, acompañado del presidente de la Izquierda Cristiana, Manuel Jaques; del dirigente de los Socialistas Allendistas y miembro del Frente Amplio, Esteban Silva; de Martín Pascual de la Nueva Izquierda y del miembro de la comisión política del PC, Juan Andrés Lagos, que apoyaron a Jorge Arrate como candidato a la Presidencia de la República, entregó la siguiente declaración oficial al conocer los resultados de la segunda vuelta presidencial:

"Quisiéramos decir, en primer lugar, que indudablemente esta es una mala noticia para Chile y para América Latina. Para nosotros no es una buena noticia que haya triunfado la derecha en los comicios presidenciales.

"Nos parece que muchas de las esperanzas, los anhelos y los sueños de muchas chilenas y chilenos se van a ver comprometidos con este gobierno, no se van a realizar, nosotros no creemos que la derecha vaya a democratizar el país ni que vaya a hacer un país más igualitario, ni que vaya a llevar adelante la justicia social como se necesita que se lleve adelante en Chile.

Nosotros vamos a seguir unidos, construyendo el proyecto de izquierda, vamos a mantener nuestra relaciones con quien fuera nuestro abanderado Jorge Arrate, vamos a seguir trabajando con él y vamos a poner en el primer plano de nuestra preocupación los 12 puntos que Eduardo Frei -o el comando- comprometió con nosotros pero que son las exigencias que hicimos para apoyar a Eduardo Frei y que serán una plataforma para la política que sigamos adelante que, indudablemente, va a ser de oposición al gobierno de Sebastián Piñera.

Nosotros vamos a luchar principalmente para evitar que se atropellen los derechos de los trabajadores, para que se termine con el proceso de verdad y justicia, es decir, no queremos que en Chile se imponga la impunidad ni se aplique la ley de amnistía que dejó establecida Pinochet. Vamos a tener una posición muy firme, vamos a seguir luchando por los derechos de los trabajadores, vamos a seguir defendiendo CODELCO y las riquezas básicas de Chile y seguiremos luchando desde el Parlamento. Podemos decir que nosotros, en ese sentido, hemos logrado un triunfo parcial en nuestra lucha contra la exclusión y vamos a seguir luchando contra ella y por reformas democráticas, por lo tanto ahora tenemos la posibilidad de seguir luchando desde el Parlamento y también desde la movilización social.

Para defender la democracia y la justicia social y para seguir avanzando en los objetivos que nosotros hemos propuesto al país indudablemente que se van a necesitar convergencias. Lo dijimos claramente antes de las elecciones, que no íbamos a formar parte de un gobierno de Eduardo Frei -si éste ganaba las elecciones- y dijimos claramente también que estamos dispuestos a discutir las convergencias que sean necesarias para llevar adelante un proceso de reformas democráticas y de justicia social. Eso lo mantenemos en pie.

No podemos adelantarnos, porque se va a producir un reordenamiento de fuerzas políticas en nuestro país, pero tenemos que observar claramente lo que va a significar esto para tomar una determinación definitiva.

No sé si vamos a estar dispuestos al diálogo, bajo qué condicione vamos a dialogar con un gobierno de derecha. Eso lo tenemos que definir en los próximos días y tenemos que escuchar qué propuestas de diálogo hacen.

Nosotros vamos a seguir trabajando, tenemos que conformar una bancada en el Parlamento, para eso necesitamos trabajar con diputados independientes, también con algunos de la Concertación, vamos a conversar la próxima semana, primero con la bancada del Partido Socialista y después con la bancada del PPD, es decir, vamos a ir creando las condiciones para poder presentar también una oposición unida al gobierno de derecha", concluyó Guillermo Teillier.

lunes, 18 de enero de 2010

Jorge Arrate: "Esto fue el último error de la Concertación"


El ex candidato presidencial comentó el triunfo de Sebastián Piñera, criticando a la Concertación por la derrota electoral.

El ex candidato presidencial comentó el triunfo de Sebastián Piñera, criticando a la Concertación por la derrota electoral.

"Era un escenario que todos considerábamos, pero que no deseábamos. Ahora lo que corresponde es construir más izquierda" declaró el ex candidato del Juntos Podemos, haciendo referencia a los 3 diputados comunistas electos en las última elección paralamentaria de diciembre.

"Creo que hubo un proceso dentro de la Concertación de progresivo deterioro. Siempre hubo dos bandos" dijo, en mención a un ala concertacionista más moderada, frente a una parte de la coalición mucho más cercana a la izquierda. "Esto fue el último error de la Concertación" refiriéndose a una falta de apertura dentro del oficialismo frente a demandas propias de la izquierda extraparlamentaria.

"No seremos una izquierda que renuncie a sus banderas. Yo voy a estar en la oposición" dijo, descartando algún tipo de contacto o conversación con Sebastián Piñera durante su próximo gobierno.

"Queremos que el gobierno respete los limitados espacios de libertad y democracia" declaró, temiendo que en el futuro gobierno se cierren "espacios de libertad" como mencionó


sábado, 16 de enero de 2010

Los pecados de Haití


Eduardo Galeano

La democracia haitiana nació hace un ratito. En su breve tiempo de vida, esta criatura hambrienta y enferma no ha recibido más que bofetadas. Estaba recién nacida, en los días de fiesta de 1991, cuando fue asesinada por el cuartelazo del general Raoul Cedras. Tres años más tarde, resucitó. Después de haber puesto y sacado a tantos dictadores militares, Estados Unidos sacó y puso al presidente Jean-Bertrand Aristide, que había sido el primer gobernante electo por voto popular en toda la historia de Haití y que había tenido la loca ocurrencia de querer un país menos injusto.

El voto y el veto

Para borrar las huellas de la participación estadounidense en la dictadura carnicera del general Cedras, los infantes de marina se llevaron 160 mil páginas de los archivos secretos. Aristide regresó encadenado. Le dieron permiso para recuperar el gobierno, pero le prohibieron el poder. Su sucesor, René Préval, obtuvo casi el 90 por ciento de los votos, pero más poder que Préval tiene cualquier mandón de cuarta categoría del Fondo Monetario o del Banco Mundial, aunque el pueblo haitiano no lo haya elegido ni con un voto siquiera.
Más que el voto, puede el veto. Veto a las reformas: cada vez que Préval, o alguno de sus ministros, pide créditos internacionales para dar pan a los hambrientos, letras a los analfabetos o tierra a los campesinos, no recibe respuesta, o le contestan ordenándole:

-Recite la lección. Y como el gobierno haitiano no termina de aprender que hay que desmantelar los pocos servicios públicos que quedan, últimos pobres amparos para uno de los pueblos más desamparados del mundo, los profesores dan por perdido el examen.

La coartada demográfica

A fines del año pasado cuatro diputados alemanes visitaron Haití. No bien llegaron, la miseria del pueblo les golpeó los ojos. Entonces el embajador de Alemania les explicó, en Port-au-Prince, cuál es el problema:

-Este es un país superpoblado -dijo-. La mujer haitiana siempre quiere, y el hombre haitiano siempre puede.

Y se rió. Los diputados callaron. Esa noche, uno de ellos, Winfried Wolf, consultó las cifras. Y comprobó que Haití es, con El Salvador, el país más superpoblado de las Américas, pero está tan superpoblado como Alemania: tiene casi la misma cantidad de habitantes por quilómetro cuadrado.

En sus días en Haití, el diputado Wolf no sólo fue golpeado por la miseria: también fue deslumbrado por la capacidad de belleza de los pintores populares. Y llegó a la conclusión de que Haití está superpoblado… de artistas.

En realidad, la coartada demográfica es más o menos reciente. Hasta hace algunos años, las potencias occidentales hablaban más claro.

La tradición racista

Estados Unidos invadió Haití en 1915 y gobernó el país hasta 1934. Se retiró cuando logró sus dos objetivos: cobrar las deudas del City Bank y derogar el artículo constitucional que prohibía vender plantaciones a los extranjeros. Entonces Robert Lansing, secretario de Estado, justificó la larga y feroz ocupación militar explicando que la raza negra es incapaz de gobernarse a sí misma, que tiene “una tendencia inherente a la vida salvaje y una incapacidad física de civilización”. Uno de los responsables de la invasión, William Philips, había incubado tiempo antes la sagaz idea: “Este es un pueblo inferior, incapaz de conservar la civilización que habían dejado los franceses”.

Haití había sido la perla de la corona, la colonia más rica de Francia: una gran plantación de azúcar, con mano de obra esclava. En El espíritu de las leyes, Montesquieu lo había explicado sin pelos en la lengua: “El azúcar sería demasiado caro si no trabajaran los esclavos en su producción. Dichos esclavos son negros desde los pies hasta la cabeza y tienen la nariz tan aplastada que es casi imposible tenerles lástima. Resulta impensable que Dios, que es un ser muy sabio, haya puesto un alma, y sobre todo un alma buena, en un cuerpo enteramente negro”.

En cambio, Dios había puesto un látigo en la mano del mayoral. Los esclavos no se distinguían por su voluntad de trabajo. Los negros eran esclavos por naturaleza y vagos también por naturaleza, y la naturaleza, cómplice del orden social, era obra de Dios: el esclavo debía servir al amo y el amo debía castigar al esclavo, que no mostraba el menor entusiasmo a la hora de cumplir con el designio divino. Karl von Linneo, contemporáneo de Montesquieu, había retratado al negro con precisión científica: “Vagabundo, perezoso, negligente, indolente y de costumbres disolutas”. Más generosamente, otro contemporáneo, David Hume, había comprobado que el negro “puede desarrollar ciertas habilidades humanas, como el loro que habla algunas palabras”.

La humillación imperdonable

En 1803 los negros de Haití propinaron tremenda paliza a las tropas de Napoleón Bonaparte, y Europa no perdonó jamás esta humillación infligida a la raza blanca. Haití fue el primer país libre de las Américas. Estados Unidos había conquistado antes su independencia, pero tenía medio millón de esclavos trabajando en las plantaciones de algodón y de tabaco. Jefferson, que era dueño de esclavos, decía que todos los hombres son iguales, pero también decía que los negros han sido, son y serán inferiores.

La bandera de los libres se alzó sobre las ruinas. La tierra haitiana había sido devastada por el monocultivo del azúcar y arrasada por las calamidades de la guerra contra Francia, y una tercera parte de la población había caído en el combate. Entonces empezó el bloqueo. La nación recién nacida fue condenada a la soledad. Nadie le compraba, nadie le vendía, nadie la reconocía.

El delito de la dignidad

Ni siquiera Simón Bolívar, que tan valiente supo ser, tuvo el coraje de firmar el reconocimiento diplomático del país negro. Bolívar había podido reiniciar su lucha por la independencia americana, cuando ya España lo había derrotado, gracias al apoyo de Haití. El gobierno haitiano le había entregado siete naves y muchas armas y soldados, con la única condición de que Bolívar liberara a los esclavos, una idea que al Libertador no se le había ocurrido. Bolívar cumplió con este compromiso, pero después de su victoria, cuando ya gobernaba la Gran Colombia, dio la espalda al país que lo había salvado. Y cuando convocó a las naciones americanas a la reunión de Panamá, no invitó a Haití pero invitó a Inglaterra.

Estados Unidos reconoció a Haití recién sesenta años después del fin de la guerra de independencia, mientras Etienne Serres, un genio francés de la anatomía, descubría en París que los negros son primitivos porque tienen poca distancia entre el ombligo y el pene. Para entonces, Haití ya estaba en manos de carniceras dictaduras militares, que destinaban los famélicos recursos del país al pago de la deuda francesa: Europa había impuesto a Haití la obligación de pagar a Francia una indemnización gigantesca, a modo de perdón por haber cometido el delito de la dignidad.

La historia del acoso contra Haití, que en nuestros días tiene dimensiones de tragedia, es también una historia del racismo en la civilización occidental.

15 Enero 2010